Me baja la luna en un palo encebao

No entendían aquello de “me baja la luna en un palo enceba’o”, era una frase que había creado para él, más los demás ignoraban de dónde salía tal curiosidad.

Pensaron que las damas por llevar gafas oscuras y sombreros eran viudas, ella las llevaba para que no la notarán mientras lo miraba. Sus ojos castaños, hermosos, fijos podrían parecer acosarlo. Sus mejillas sonrojadas por la picardía que animaba sus pensamientos la hacía parecer ardiendo, sus labios rosados, tan suaves y delicados, los que tocaba mientras lo miraba y pensaba, eran la dulce miel de su perdición.

Tenía la piel hermosa, suave, delicada, deseada por él y lo sabía. Sabía que gestos prefería. Describirlo de a poco le enseñó que su pelo ondulado, largo, pardo, perfecto a sus ojos, hacían que sus manos no pudieran dejar de tocarlos. Su cuello, cubierto de esos pequeños cabellos… Su espalda, marcada con esas pecas en las que él dibujaba, las que besada una a una cada vez que la desarmaba. Sus caderas con aquel contoneo caribeño al andar, esas caderas que no dejaba de mirar. Su olor a orquídeas lo hipnotizaba y sin verla, escondida detrás del muro a su izquierda, la buscaba, sabía que estaba ahí y ella, provocadora, disfrutaba aquel juego.

Mientras, él intentaba conversar con su colega y explicar alguna situación que ella desconocía, realmente lo intentaba pero, ella estaba llamándolo.

Él había aprendido a reconocer su olor cuando su cuerpo en un secreto a voces lo llamaba, lo pedía y ella inquieta respondía a su toque.

Traviesa e impulsada por su juventud, lo deseaba. Miraba aquel hombre con ganas ocultas en sus gafas Chanel. Quería acercarse y acabar su propia tortura, pero, era más divertido sentarse cerca, ser presumida, dejarse ver, sin prisa, elegante aunque muerta de ganas por saciar aquella necesidad recurrente de aquellos besos tan ardientes como el sol por la carga de pasión con que los recibía y la complicidad de quién en frente de ella, miraba por encima del hombre con el que conversaba.

Tranquila, agraciada, finamente vestida de negro, uñas rojas, aquel vestido que permitía mirar sus piernas, tan bien trabajadas, tan lúcidas.

Aquella piel blanca… lo provocaba, se deleitaba en la la urgencia que él tenía por terminar esa conversación que a ella misma le parecía eterna…

Allí sentada, en ese pasillo transcurrido, repleto de gente y ellos jugando a quererse de lejos, disfrutando ese momento, sin decirse nada más que la conversación que sus cuerpos tenían a distancia, hasta encontrarse piel a piel al sostener sus manos, boca a boca delante de todos y saber que su debilidad radica en la aventura de tenerse y vivirse en una caricia, en un “buenos días” en sus vivos ojos, adornados de pestañas largas, rizas, gruesas, perfectas.

Así eran. Perfectos en su demencia.

Así él “le baja la luna en un palo enceba’o”.

Clarissa Mejía

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