Indiferencia

Después de haber sentido que su relación sería para siempre, tuvo que aceptar que había llegado a su final. Así como las novelas, los cuentos y las hermosas historias que tanto leía… todo tiene un final.

Entre tanto que los recuerdos llenaban su mente y quería solo repasar los que los buenos recuerdos le daban.

Verla quería, así fue que visitó el café donde tantas veces, antes de su propia historia la vio leer, tranquila, concentrada, bajo un paraguas que cubría su hermosa piel.

Odia reconocer que la mujer le hacía estremecer.

Ahora sentado en su mesa, aquella mesa de tantas conversaciones, de tantas carcajadas y tantos recuerdos, ahora le daba una reflexión que a penas concebía. La distancia se hizo parte de la nueva relación que construyeron y aunque el amor y el odio nunca van de prisa y de cierto es que la prisa jamás es elegante, ella se había entregado a su nuevo amante. La vio pasar del brazo con él mientras bebía su café, negro, corto.

La odiaba porque la amaba pero, la indiferencia que ella mostraba era casi intolerable. Iba feliz, se reía de alguna cosa que él le dijera al oído y solo la miraba en silencio, ahogado en su rabia y su café colombiano. Se mostraba colorado y con ojos entrecerrados examinaba su amada.

Al verla del brazo de otro hombre sentía que su estómago se encogía y mientras más la miraba, más se reía, pareciera adrede aquel gesto; hasta que se cruzaron sus ojos marrones con los suyos, ese azul tan peculiar en el que se sumergió tantos años y perdió la noción del tiempo casa vez que en sus mañanas su roce le despertaba y ahora pertenecían a ese extraño.

Vestidos a juego iban, el sol brillaba y ella había quedado plasmada en ese encuentro, más no se acercó. Pasó de largo como pasa el tiempo con aquellos que no se planifican, pasó de largo con una mirada atada a la suya, pasó sin caso, solo hizo un ademán y besando su extraño, lo hizo recordar que ya no era suya.

Resignado a perderla, se marchó, dejando en aquel café de la plaza de siempre, el último capítulo de lo que era su propia historia.

Clarissa Mejía

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